"Ese andar modificó mi visión", dice Marina Sábato al referirse al sentido de su obra. No puede dejar de pintar; tampoco de transformarse. Cada pintura nace de la anterior y hace posible la siguiente. Atrapada en un espiral ascendente, encarna con compromiso su propio destino. Se le ofrecen un relieve y algunas herramientas, y decide asumir esa tarea. Cada pieza la enfrenta a desafíos encadenados que solo puede resolver pintando. Una mutación asumida y, al mismo tiempo, cicatrizada.
Un compendio de tantas cosas que resulta difícil advertirlo. Un código morse intermitente. La memoria tiene corriente alterna; es también ancestral. Significar es una tarea compleja, casi metafísica, que muda sin pedir permiso. La obra de Leo Cavalcante se construye como un site-specific. Para cada exhibición dispone un tótem de madera singular, integrado por objetos propios que nunca son los mismos. Cada montaje configura un archivo inefable sobre la identidad: un repertorio siempre cambiante donde la memoria, lejos de fijarse, se reorganiza en cada aparición.
Las dualidades —dentro y fuera, naturaleza y humanidad, figura y fondo— investigadas como ejes de una nueva simetría fractal. Tantos límites que han dejado de ser nítidos, para convertirse simultáneamente, en parte y totalidad. La reunión de estas duplicidades constituye una de las claves de lectura propuestas para las obras que Pablo de Monte presenta en esta exhibición. En ellas se explora un mundo latente, una realidad potencial, donde la humanidad ensaya, otra vez, un primer encuentro consigo misma y su alteridad.
El destino y los límites de lo humanamente posible atraviesan esta muestra como una hipótesis abierta: no ofrecen respuestas, sino un territorio donde las fronteras entre lo propio y lo otro permanecen en constante transformación.
